Detalle del frontal del altar mayor (1711, Pablo Pérez)
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Boletín Parroquial — 3 de enero de 2010

El lenguaje de los signos

Francisco de Asís, icono de Cristo, místico inefable que acogió los estigmas del Señor en su cuerpo, no pareció necesitar signos o mediaciones para experimentar o expresar su relación de amor con Dios. Sin embargo, fue él quien ideó el primer pesebre navideño: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en un pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». Los signos se dirigen al corazón y a la mente. Siempre dejan su poso.

Aparentemente, nos enfrentamos con preocupación y repulsa a la polémica sobre los crucifijos en las escuelas. Seamos sinceros: desde hace tiempo están desapareciendo las cruces de nuestros cuellos, de nuestras habitaciones, de nuestras casas, de nuestra oración, de nuestras costumbres. Disminuyen los pesebres en el hogar y aumentan los abetos. Nuestros niños no se persignan al acostarse ni al levantarse, ni al salir de casa por la mañana. Pocas familias, incluso practicantes, participan en los ritos del Viernes Santo adorando a la Cruz y reflexionando sobre su sentido. El cristiano, a lo largo de su vida, tropieza innumerables veces con la cruz pero, ¿cuántas la mira con piedad, reflexiona y ora?

Desgraciadamente nuestros niños, aunque las tengan delante en sus aulas, no son conscientes de su significado. Otro tanto debiéramos afirmar de los pesebres, único signo elocuente de unos días a menudo adulterados por comidas y regalos.

Propongo convertir nuestro enojo por posibles decisiones políticas futuras en una exigencia inmediata y decidida, personal y familiar, a propósito de los símbolos que vamos abandonando alegremente en nuestro caminar diario o que no reciben nuestra mínima atención. Nuestras raíces nada valen si no producen frutos.

Una sociedad con valores

Los que vivimos y estamos más o menos integrados en este llamado mundo desarrollado vamos viendo cómo hasta las palabras están perdiendo su valor y, lo que es peor, cómo estamos cambiando eso tan importante que es la escala de valores; cómo van ganando puestos el dinero, la comodidad, la indiferencia... Y los van perdiendo el amor, la amistad, el sacrificio, la solidaridad...

Nos hemos dejado arrastar sin darnos cuenta, envueltos en la marea del consumo; caminamos por la vida acelerados para conseguir unos bienes que no nos hacen felices, que no nos dejan disfrutar del momento ni apreciar los días que van pasando y con ello vamos contribuyendo a que la meta del mundo desarrollado sea esa: tener, tener y tener.

Ese cambio en la escala de valores se ha materializado para contribuir también a la crisis actual, pero afortunadamente el mantener los valores de verdad es lo que está ayudando a mucha gente a adaptarse a su situación con dignidad.

Sin embargo, en estos momentos hay gente que tiene muy difícil esa adaptación por muchos valores que tenga, ya que sus ingresos económicos le permiten, como mucho, sobrevivir. Con esta inversión de los valores hemos conseguido que los alquileres de los pisos estén todos por encima de los 300 euros. Hay miles de personas en Zaragoza con pensiones mensuales de 328 euros, muchas en paro (y no por gusto) cobrando el subsidio de 420 euros. ¿Se puede sobrevivir así con dignidad?

Desde Cáritas seguimos apostando por la promoción y esperamos que entre todos volvamos a conseguir que haya trabajo y trabajo digno, que nuestra escala de valores como personas y sobre todo como cristianos nos haga ponerlos otra vez en su sitio aunque haya que ir contra corriente en esa marea de no pensar.

Nuestra esperanza está en Cristo, que nada acumuló, cuyas enseñanzas están todas en una sola palabra: AMOR. De Cáritas se dice que es el corazón de la Iglesia, y así debe continuar. Os animamos a la colaboración material con nosotros, tanto económicamente como en dedicación de vuestro tiempo.

Equipo de Cáritas Parroquial